47% de los mexicanos tendrá obesidad para 2035: especialistas ponen foco en el hambre emocional para romper el ciclo.
CDMX. Julio del 2026. La obesidad no es un tema de “falta de voluntad”, es una enfermedad compleja donde el hambre emocional juega un rol central, impulsado por factores psicológicos, sociales y ambientales que convierten la comida en un refugio ante el estrés, la ansiedad o la tristeza.
Según estimaciones del Atlas Mundial de la Obesidad, para el año 2035, cerca del 47% de los adultos en el país vivirá con esta condición, lo que representa una de las prevalencias más altas a nivel global. Actualmente, el 37.1% de los adultos ya presenta obesidad, y al sumar sobrepeso, más del 75% de la población mayor de 20 años vive con exceso de peso, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) Continua 2020-2023, elaborada por el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP).
Especialistas advierten que este padecimiento surge de una interacción única de factores biológicos, sociales, ambientales y especialmente psicológicos. El hambre emocional, el impulso de comer no por hambre fisiológica, sino para regular emociones, es uno de los más difíciles de abordar y afecta significativamente a las personas con obesidad.
El Dr. Arya Sharma, profesor emérito y exdirector del Departamento de Investigación y Tratamiento de la Obesidad en la Universidad de Alberta, destaca cuatro dimensiones clave para entender el origen de este padecimiento en cada persona.
Por un lado, la dimensión mecánica, como dolores articulares o apnea del sueño que limitan el movimiento y la actividad física.
La dimensión metabólica, donde condiciones como la prediabetes, hipertensión o los cambios biológicos del envejecimiento y la menopausia alteran el organismo.
La dimensión socioeconómica, donde el entorno social y la falta de recursos impiden acceder a tratamientos adecuados.
Y finalmente, la dimensión mental destaca como el pilar más complejo, donde conviven ansiedad, depresión, trastornos por atracón, junto con detonantes cotidianos como el estrés o eventos de vida difíciles como un duelo.
Estos factores psicológicos alteran de forma constante la biología de las personas e influyen en sus decisiones ante los alimentos, convirtiéndolos en un refugio emocional.
“Aquí radica la gran diferencia entre el hambre real y el apetito, que es la motivación por comer. Este impulso se enciende cuando buscamos un ‘apapacho’ y explica por qué vinculamos la comida con momentos sociales y culturales positivos, como las reuniones familiares. Sin embargo, también se activa cuando una persona experimenta tristeza, ansiedad o estrés. El resultado es la urgencia por buscar comida altamente calórica para intentar aliviar el malestar, consolidando así el ciclo del hambre emocional”, comenta la Dra. Emma Chávez Manzanera, endocrinóloga.
Los expertos señalan que este fenómeno altera el cerebro, lo que puede incrementar el deseo por alimentos altamente apetecibles y hacer más difícil regular la alimentación. ElDr. Héctor Esquivias, especialista en Psiquiatría y Obesidad, explica que “este deseo nace en el sistema de recompensa del cerebro, regulado por sustancias como la dopamina y la serotonina. La exposición repetida a los alimentos termina por ‘adormecer’ estos receptores del placer, provocando que la persona disfrute cada vez menos de la comida y coma con mayor frecuencia para intentar alcanzar esa misma sensación de bienestar inicial. Y, lo que socialmente se juzga como ‘falta de voluntad’ es, en realidad, una alteración neurobiológica”.
Para diseñar el tratamiento correcto, las Guías de Obesidad modernas proponen evaluar a las personas según su «fenotipo», es decir, la forma específica en que se manifiesta su padecimiento según cuatro categorías:
- Cerebro Hambriento: tienen dificultades para sentirse satisfechas mientras comen, lo que las obliga a consumir porciones muy grandes al momento.
- Intestino Hambriento: digieren la comida demasiado rápido; se sienten satisfechos al terminar, pero a las dos horas vuelven a experimentar hambre real.
- Comedor Emocional: utilizan la comida como refugio o mecanismo de defensa inconsciente para lidiar con la ansiedad, la tristeza o el cansancio.
- Bajo Gasto Energético: tienen un metabolismo lento por lo que, a pesar de seguir una dieta estricta y baja en calorías, no logran perder peso con facilidad.
Muchos pacientes combinan más de un fenotipo, lo que resalta la necesidad de enfoques individualizados.
Para llevarlo a la práctica clínica, los expertos proponen guiar la consulta médica con cinco pasos clave: solicitar permiso para hablar del peso de forma respetuosa, identificar las causas y barreras de la persona, presentar las opciones de tratamiento disponibles, acordar metas realistas y brindar un acompañamiento continuo.
“Con esta estrategia, se redefine el objetivo del tratamiento, demostrando mejorar la calidad de vida mediante un abordaje individualizado que respete el contexto de cada persona», concluyen los especialistas.
